Canción del que escucha. Vicente Gallego. (Si temierais morir, TusQuets 2008)
A Miguel Ángel Velasco
[...]
¡Si nos lo hubieran dicho
que estar vivos sería
un asunto tan serio;
que habríamos de ir
tan lejos y por dónde;
que la sangre
al final
nos llegaba hasta el río!
[...]



Casa

Casa
Casa (Foto, Berna)

domingo, 21 de octubre de 2018

Destino





Foto Berna






Sus hojas se vuelven plateadas cuando las roza el viento. Las he visto vibrar, inclinarse hacia el oeste, resistir sobre delicadas ramas el azote de la miseria que trae el aire, en una luz que declina acerada y fría. Tiemblan todas juntas y la luz recoge sus mensajes que estremecen al mundo. Las hojas se vuelven plateadas y alguien mira por última vez el horizonte plano de la indiferencia. Ellas vibran sobre el árbol de raíces extensas como ríos que nunca desembocan. Y entre tanto alguien cree suyo el mar y juega a cambiar las coordenadas, a escribir los nombres que se hunden atados al peso de la indolencia. Cree suya la luz que recorre la casa y ciega con desidia las ventanas. Plateadas reflejan las nubes y reciben la lluvia empapando despacio la piel de Caronte que llora y no quiere sus monedas. Desde la silla, sobre el mundo, la tinta indeleble de su pincel dibuja, traza caminos que nunca se bifurcan, simas para esconder la pobreza, tierras que jamás recuerdan. Murmuran plateadas y el mundo ladea la cabeza y escucha el llanto del barquero; entiende y aprende, traza, dibuja, las hojas plateadas que habrán de morir inevitablemente.


Acaso
el espejo del agua
las mantiene
cautivas.

jueves, 16 de agosto de 2018

Acogida







Fotos, Berna




Si ocurriera
y la lluvia diluyera la memoria
repentinamente, por sorpresa,
y te viera pasar
sobre la espalda el atadijo
algo de comer y las manos diminutas agarradas a tu falda,
si te viera pasar
los ojos arrasados y el hambre
y el frío
y el duelo que deja la ausencia de futuro
y la fiera del pasado hiriendo tu sombra,
si ocurriera y no pudiera recordar mi juramento
porque todos los días son ahora primavera
y el mar está en calma, y el sol desciende dulcemente sobre su horizonte,
si pasaras ante mí y el miedo que te empuja con látigo certero
no me rozara siquiera,
si te viera caer de rodillas ofreciéndome tu vida a cambio de las suyas
tan pequeñas,
y solo viera el bosque tranquilo arrullando a la montaña,
si ocurriera que la amnesia me volviera indiferente a tu destierro
y olvidara el mío,
sacude con fuerza las ramas felices de mi existencia
hasta dejarlas desnudas
en tu mismo invierno
el que siempre vuelve,
y ese temor que te viste
me recuerde
que fueron tus brazos,
entonces
mi cobijo
y piense, y te acoja, y piense
y recuerde mi dolor
y piense.


martes, 31 de julio de 2018

Nubes




Foto, Berna

 

Yo quise ser como las nubes, cambiar de forma, correr, desaparecer, envolver el mar. Pero las nubes pesan, bañan la piel con su veneno poderoso y los huesos de aire se vuelven golondrinas obligadas a volver. No existen las nubes en la memoria, solo la luz. Solo la luz permanece y barre con dulzura el horizonte para que pueda sentir el aleteo de los sueños, para conseguir esconder todos los mapas de la tierra, para olvidar los naufragios y el vino amargo de algunas cosechas.

domingo, 22 de julio de 2018

Tierra





Foto, Berna


 



Cómo amar esta tierra destinada a la labranza del tiempo
a ocupar extensa, la superficie rasa de la vida;
tierra de fango, de reptiles, de huesos
tierra de arcanos
de raíces feraces, de ríos,  

tierra de Dioses exánimes

y multitudes

de clamor
sobre desiertos blancos,
de escombros
de amapolas al borde del camino
y en la puerta

tierra

tierra y humo.













domingo, 17 de junio de 2018

Huellas e insomnios





Foto, Berna





Sin adormecerme apenas
quiere la noche quedarse a mi lado
compartir la almohada
retener con ternura
el aire dulce del sueño;
quiere la calma en las aceras,
el vientre de las nubes iluminado por la ciudad,
custodiar la puerta del averno
para que no me desvanezca.
Y a pesar de todo
vuelve
el ruido en la cerradura, la deshora, la torpeza de sus pasos,
respira el hombre mas amado del mundo
el aire turbio del alcohol,
quiere descansar
olvidar
destruir para siempre los días que le quedan por vivir
y muchos de los ya sepultados sin destreza.
Es tan descuidado que no sabe
cómo se barre una sombra ya ebria
cómo evitar que nos envuelva
la tristeza alargada por las luces de hilo incandescente.
Tose, respira ruidosamente, avanza pensando con lentitud
su segundo paso.
Queda tiempo aún para que amanezca
vigilo la ranura de la puerta esperando
a que su luz desaparezca y todo se quede quieto.
Pero ocurre que vienen reproches
como enjambres de mariposas fugaces
desde la cocina,
la mujer mas amada del mundo vuelve a padecer,
toda la casa se anega de amargura,
a ocurrido una vez más, como el filo de un cuchillo
haciendo una muesca en el recuerdo.
Él desconoce esas aristas
no alcanza a entender (o quizás sí)
al niño que fue, las heridas que le muestra en las manos.
Todo fluye circular y repetitivo
todo intenta ser
como un tornado furioso
rodeando de viento
en su centro,
la quietud.



domingo, 6 de mayo de 2018

Pequeñas aves



Foto, Berna





Y cuando te pierda
llamarán a mi puerta las palabras
como ondas de tiempo lejanas;
las larvas
que no pudieron mostrar sus alas
ofrecerán la lluvia,
el futuro
sobre las hojas aún verdes
del nandumbu.
Rozarán, el viejo tronco
las flores en su caída
y alfombrarán rosadas la tierra.
Como pequeñas aves
las que trinan alto cuando miran,
y descienden al suelo para comer tu pan,
como ellas temerosas y frágiles
sentiré la incertidumbre del pasado
y todo lo que quise darte,
sin valor
sin coraje,
con el miedo carcelario y sombrío
del daño.
Ocurre
sobre minúsculas grietas del acero
que tu luz reaparece
y me toca,
y no puedo morir,
la ausencia se pronuncia entonces
desde su trono inalcanzable
y el aire deja de fluir.
Esa luz
se desliza
sobre la etérea superficie del abrazo,
en el que alguna vez
(me estás diciendo)
nos vimos
nos reconocimos

nos perdonamos.









sábado, 24 de marzo de 2018

El zaguán de sus pupilas


Me he detenido un momento, he observado todas esas imágenes, haciendo hileras, cubriendo sin dejar espacio media pared. Casi todas las fotografías mostraban solamente el rostro, las miradas se dirigían hacia un punto concreto de la mía, como si el objetivo que captó la imagen fuera en realidad, un confidente muy intimo. Solamente dos segundos fueron necesarios para notar la textura del vacío invadiendo todos los rincones y alacenas de recuerdos; con apenas una llama de luz, recorrí aquel camino tras el zaguán de sus pupilas inmóviles sobre el papel. Y descubrí la soledad, la soledad envejecida, aislada irremediablemente del mundo, sin memoria de si misma, sin puente levadizo para huir hacia una génesis de tiempo, donde mantenerse latente al final de un maravilloso y nuevo camino. La nada y la soledad coronadas por un gorro de Papá Noel absurdo, irreverente, impostor sobre unas cabezas que dejaron hace tiempo de fabricar rebeliones cotidianas contra la vida. Un gorro rojo con franja blanca, la bandera de la rendición mas triste, sin armas en el alma ni mapas donde guiar los pasos. Huele a café, son las ocho de la mañana, el comedor recibe, sin remedio, los treinta y cinco desayunos, el silencio es casi total, inexplicable, tan solo una mujer alta, en los huesos, caminando arriba y abajo del pasillo, la mirada perdida, canta una canción repetitiva, dice, no quiero desayunar, me pregunta, qué estoy mirando, le digo las fotos, ella asegura no ser la que le muestro y medito si duele de alguna manera saberse prisionera allí.