He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (2019)

Basilio Sánchez (XXXI Premio Loewe)
Colección Visor de Poesía.
[...]

No he paseado nunca con mi herida
por ninguno de los jardines que conozco.

La herida es el eclipse que revoca la luz,
la herida es la distancia
que nos convierte en extranjeros.

En el dolor no hay pájaros,
sólo dioses hablando con los dioses.


Casa

Casa
Casa (Foto, Berna)

lunes, 17 de octubre de 2016

Hoja, números, junio




Foto, Berna

 
 


En la hoja número seis del calendario, se ordenaban en filas los números redondos, cerca de su periferia amanecía despacito, como quien teme dar un paso, algo, como la intranquilidad del examen pendiente, del trabajo por hacer en un último esfuerzo, al final del curso. El centro sobre un papel blanco, quedaba atrapado por los límites poderosos en negro, del día exacto y efímero, de la cadencia  con nombre repetitivo y semanal en cada uno de los cinco renglones. Amanecía tras la curva del cero, del seis, del nueve, del ocho, se deslizaba la luz mientras cantaban los gallos, alzaban anclas, rociaba de oro el sol, la mar en calma. La hoja decía junio y sembraba como espigas los unos, una pequeña recta unida a una mas larga, perfectamente vertical, como el tronco de un baobab, las antenas, llenas de golondrinas, sobre los tejados, el mástil de la bandera en el puerto, ondeando en la popa. Los unos diseminaban un tiempo limitado, comprimido en los espacios que cedían, equidistantes, extendían sobre junio el ritmo necesario para que naciera el verano. Y como si los dedos rozaran las cuerdas del violín, aquellos números curvados, los que perdieron parte de su frontera y quedaron abiertos, quebrada cualquier circunferencia, como los dedos rescatando las notas, hacían hablar al papel, frases poderosas, indelebles al olvido, pequeñas concavidades en el dos, en el tres, lugares como lunas en sus cuartos, donde dejaba colgando los pies, observando el mar abajo, entre playas de amores fugaces, tiempo perdido, vertiginosamente importante. Algún ángulo recto ponía orden en tanta alegría, en el caos de la niñez, el cinco, el cuatro, el siete, concentraban la paciencia necesaria para ordenar el juego, conseguir terminar el trabajo, darle la mano al profesor el último día, llegar a casa en la noche tras la fiesta. Un treinta, el signo derrotado y su perfecto, cerraban el cortejo de minutos, lágrimas, alboroto, pasos saltarines, mariposas. Luego un espacio blanco, largo, como un verano sin  dos, sin uno, sin tres, para dejar colgando los pies y ver pasar el mundo.

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